Utopía y distopía en la literatura

Utopía y distopía en la literatura

La presencia de la utopía y de la distopía en la literatura, sobre todo de la última en tiempos más recientes, parece ligarse al estado de crisis de la sociedad. Una serie de preguntas non retóricas están implícitas en esta afirmación y deberían ser discutidas: ¿es necesaria un crisis para generar una utopía/distopía? ¿el costo del fracaso de la utopía le ese imputable o es el costo de la crisis que se imputa al fracaso de la “solución”?

Desarrollos narrativos

El desarrollo de una narrativa utopista o distopista se reduce, en ultimísima instancia, a un cuestión de dirección. Es decir, a como concebimos el recorrido de las ideas y de las sociedades actuales. En definitiva es una cuestión de tensión y de dirección de la tensión, de vector. O si se prefiere, es una cuestión de perspectiva. Esto reduce el dilema a una cuestión de enfoque, de voluntad, de intención ya sea sobre el presente, que sobre el futuro o sobre el pasado. Todo depende de la angulación, de la rotación del punto focal en el tiempo más que en el espacio.

No deja de ser significativo que ante la progresiva devaluación del término utopía, el término distopía se haya afianzado no como antónimo sino como alternativa. Una alternativa de lectura de la “realidad del mundo”. Una lectura que se refuerza en factores objetivos como la crisis económica, la desarticulación social, la devastación ecológica. Es una lectura interesada, temo, pues esta visión define una sociedad caracterizada por lo negativo. La pobreza masiva, la desconfianza pública, el Estado policial, la miseria, el sufrimiento o la opresión. La exploración de las raíces parte de ángulos diversos, pero que con frecuencia carece de alternativas, se sitúa en la zona de inquietud y desasogiego, desesperanza, del lector. Una lectura que refuerza las sensaciones de inestabilidad y precariedad que ya el presente le ofrece: el futuro, por lo general, no es mejor.

Utopía y distopía

utopía y distopía en la literatura
Isla de Utopía, Tomás Moro

La utopía, que el su visión más clásica es un lugar perfecto (un buen lugar, sin explorar la posibilidad de un étimo diverso que indique el no-lugar), que se muestra inmóvil. Un lugar tan antihistórico y antidialéctico como la distopía, inmóvil. Visiones monstruosas o capaces de generar monstruos.

Lo peor de esta lecturas de ambas alternativas, extremos de un péndulo hipotético, es su parcialidad. Porque no se trata de novelar o de ofrecer una ficción que represente la totalidad, una meta imposible, pero quizá sí de ofrecer en el mismo relato puntos de vista, o de fuga, alternativos. punto de vista parciales cuanto se quiera, que caleidoscópicamente den la imagen compleja de la realidad. No se trata tanto de asirla cuanto de interpretarla. Y es en ese caso cuando la utopía cobra una fuerza que la distopía no alcanza a poseer.

La utopía es fuerte cuando perfila un sueño en devenir, una meta perfectible. deseable no vivible. En otras palabras la utopía deviene tensión, tensión ideal, tensión imaginativa y tensión narrativa. La utopía para ser real debe de ser dialéctica. El fracaso de las utopías del s.XX no es el fin de las utopías narrativamente hablando, construidas imaginariamente (y en ese sentido proyecto plenamente político): en palabras de Magdalena López “…dimensión creativa capaz de transfigurar la pérdida en mundos alternativos a través de la literatura y la configuración de espacios heterotópicos. De este modo, el desengaño revolucionario no implica necesariamente el fin del anhelo utópico sino un cambio en la manera de concebirlo”.

Conclusiones mínimas

Me inclino a pensar, entonces, que utopía y distopía alcanzan su sentido pleno cuando se presentan en relación dialéctica, constantes reversos en un devenir infinito. Al contrario carecen de sentido como sujeto pleno sino tensión, transición, posibilidad.

No he concebido pues Muerde ese fruto, o ningún otro relato o narración, como un espacio distópico, sino como una conversación perenne entre ambos aspectos. Se perfila finalmente un horizonte donde se imagina algo mejor, donde tiene cabida la redención transitoria, siempre provisional, de la vida individual y colectiva.

En definitiva, mientras la distopía nos encierra, la utopía nos libera en el uso de la imaginación para hallar soluciones siempre variables,. Son siempre fugaces a las condiciones que la realidad, en cualquier tiempo que la situemos, nos presente como reales hasta inevitables. Es por eso que considero irrenunciable la utopía, aún pálida o poco evidente. Es la sola que nos ofrece la posibilidad de imaginar un futuro que podemos construir y que anhelo mejor.

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