Superpoderes y contrapoderes en la lectura

Superpoderes y contrapoderes en la lectura

En un artículo reciente (este) se definía la lectura mediante dos articulaciones. La primera, que por oposición a la segunda se postula como eterna, se presenta como una movilización del deseo y de la imaginación, que se aúnan bajo el lema “otra posibilidad”. Es decir, que la lectura alberga un sueño privado con sentido político. Este es, para mi, el sentido de la pugna entre superpoderes y contrapoderes que alimenta la lectura

En la a segunda articulación la lectura es hoy, presente eterno. La lectura como espectáculo y el lector, por tanto, espectador. En esta concepción el lector es instantáneo, manifestando una adhesión al momento presente; ninguna critica es posible en la  mera expectación.

El otro frente de la lectura, el primero es la relación con el tiempo, es el de la relación con el mundo físico.

Sueños e imaginación

El artículo subraya la potencia de la lectura a la hora de crear un marco físico que hospede la reacción cultural a la dictadura a través de la disposición del tiempo.  En concreto los sueños, la imaginación de otro posible se encarnan en los opositores mediante el tiempo que requiera la lectura reflexiva. De hecho postula que la lectura es una actividad espiritual que implica predisposición a adoptar el punto de vista del otro, la experiencia del otro (que se lee). Esto es lo que denomina “pasividad activa” en oposición a la “actividad descontrolada” del lector espectador. La actividad descontrolada por que se sitúa en un zona en la cual el lector ha perdido el control de si y del espacio reflexivo. Es el lector en el cual la imaginación actúa en campos tan restringidos que no es generatriz de nada.

Superpoderes y contrapoderes en la lectura

Mundo físico

Lo que no queda claro es que medida y cómo el mundo físico interviene más allá del instrumento . La actividad solitaria y espiritual de la lectura no necesita de un marco relacionar físico amplio. El neoliberalismo prescinde, en virtud de su naturaleza esencializador y abstracta, de cualquier relación física. Es más, acentúa el aislamiento del los cuerpos en favor de abstracciones perfectas (e idealmente dematerializadas de los cuerpos posibles de fallos y taras – Gorz L’inmateriel 2003). Quizá más que la lectura lo que formaba opositores era la relación física que establecían entre ellos. Las reglas que rigen las relaciones filiales, fraternas o de solidaridad desmontan las reglas sociales (como escribían Adorno y Horkheimer). La lectura era un canal comunicativo, un complejo de vasos comunicantes que permitía, en parte, el reconocimiento mutuo en base a la idealidad compartida. 

Es un debate apasionante el de la lectura como instrumento subversivo habilitador de oposiciones. es obvio que no es algo matemático, no podemos darlo por supuesto toda vez que la lectura puede deslizarse a terrenos atemporales y afísicos. 

Ahora bien todo este tejido de tiempo y mundo físico, de idealidad y concreción, necesita bases, o en otras palabras ser cultivado. Necesita la transformación consciente de la lectura y relativa imaginación a la categoría de acción política en el tiempo liberado, porque el tiempo libre está en manos de las nuevas formas de capitalización del tiempo del neoliberalismo contemporáneo. 

Qui prodest

Sería oportuno preguntarse ¿qui prodest? Y sería igualmente oportuno preguntarse quien se rinde en este impás. 

Desde la perspectiva del artículo citado las declaraciones de un editor como Luis Solano suenan a capitulación. Digo capitulación del compromiso ideal de un editor con una causa cultural, par ser un negocio. Cuando el libro acepta que su consumo es presente, volátil, instantáneo, se coloca a la lectura fuera del campo de la imaginación y la crítica. O en otras palabras, de la política. O en otras palabras, desecha la idea de construir el mundo. Y esta es una gran renuncia de responsabilidad de editores y escritores, no solo de los lectores.

Leer es un acto reflexivo, un ejercicio mental que puede inducir al pensamiento y a la crítica. Leer es una actividad intelectual. Creo con sinceridad que una parte de la responsabilidad en crear superpoderes con la lectura recae ne autores y editores. Son dos personajes claves en la creación de una resistencia cultural que devenga política. Cuando estos agentes potenciales del pensamiento crítico se rinden, entonces  se está a un paso de condenar la lectura a una actividad pasivizante. La lectura tiene en contra un sistema, el actual, que detesta el pensamiento. 

Conclusiones mínimas

En esta disyuntiva el sector editorial puede hacer dos cosas: activarse para ser más sector cultural y menos sector económico; o suscribir el sistema, pero en ese caso y en mi opinión está escribiendo sus últimas líneas.

El sistema empuja a la simplificación, al alejamiento de la crítica, a la dispersión, a la asimilación de clichés, a la escasa indagación, a la escasa empatía, a la escisión progresiva entre quienes leen y comprenden (con todas las consecuencias que ello acarrea en términos socioeconómicos y de bienestar general de la sociedad) y quienes no. Leer y comprender son ejercicios no solo de resistencia sino también de nivelación. 

Hay que plantear una gran alianza real entre editores, bibliotecarios, autores, librerías, escuelas para desarrollar acciones concretas, nudos de relaciones reales y físicos de contraste al sistema actual. Hay que fomentar mecanismo de imaginación, ideación, utopías. No solo este nos separa de la lectura sino que nos separa de los demás, de la vida y de nuestra capacidad colectiva para decidir nuestro futuro. Contra la lectura está el caos de este sistema. Ejerzamos superpoderes antes que ejerzan contrapoderes.