Construir territorios imaginarios en las redes sociales

Territorios imaginarios en las redes sociales

Todo lo que puede leerse a continuación es fruto de is percepciones y reflexiones, pero creo que   es substancialmente válido. declaro esto antes de empezar siquiera para dejar las cosas claras ya desde el inicio. Así pues desde hace ya unos años, dos o tres o más, las redes sociales se ha convertido no en un modo de relación virtual o a distancia, sino en otra cosa bien distinta. Las redes sociales ha pasado a ser el espacio en el cual cualquiera puede diseñar, y de hecho diseña o construye  territorios imaginarios que coinciden con sus aspiraciones personales. Todos , o casi, nos dedicamos a construir territorios imaginarios en las redes sociales. En ese sentido las redes sociales constituyen hoy una cartografía del deseo y de las aspiraciones de sus miembros. Aspiraciones y anhelos de todo tipo, pero con frecuencia virulentos, monodimensionales y excluyentes. 

Cartografías

Si el primer objetivo de las redes sociales era el de favorecer las relaciones a distancia entre conocidos, recuperando incluso el contacto perdido en el tiempo, pronto se transformó en otro. Se trataba entonces de favorecer el intercambio de experiencias, iniciativas y opiniones. La idea fulcro era compartir, intercambiar. La primera topografía se basaba entonces en los nudos de conocidos que compartían experiencias y recuerdos /fundamentalmente). El deseo era el motor de todo, por ejemplo retomar relaciones.

No era, sin embargo, suficiente. El deseo de compartir la experiencia vital se transformó en motor y el deseo de compartir se extendió. la segunda etapa cartográfica fotografiaba el deseo de encontrar nuevas afinidades. Las experiencias personales se transformaron, porque potencialmente podían hacerlo, en experiencias guía o en experiencias que marcasen tendencias. Y esto porque las circunstancias hicieron que estas relaciones de afinidad pudieran tomar dos direcciones potenciales diferentes: la notoriedad social; el provecho comercial. Con el tiempo la notoriedad social se transformó igualmente en una fuente de provecho comercial. En realidad las dos fases cartográficas se solapan y conviven, creando espacios de superposición, pero deshabitados. 

Oasis

Lo que en estos nuevos mapas desaparecía progresivamente eran los espacios de intercambio y debate, es decir los espacios en los cuales las ideas, antes que las experiencias, se debatían entre personas que compartían un interés común. Estos oasis, en que las relaciones personales eran fundamentalmente virtuales y el provecho no aparecía sino en forma marginal, se hallaban en regresión por dos motivos fundamentales: que el debate en comunidades amplias podía no transformarse en acciones concretas actuables en breve tiempo; que el desacuerdo acelerase la descomposición de la comunidad en comunidades más compactas, pero no por ello más activas o productivas.

Oasis. Construcciones bajas de color ocre rodeadas de palmeras. Como fondo el pico de una colina o un otero.

El debate, el intercambio de informaciones y pareceres podía establecerse entre agentes marginales del debate, lo que agravaba la dinámica ya descrita. Es evidente que existieron y existen casos que desmienten este proceso, casos en que el debate ha generado un efecto sumatorio y producido efectos notables, que no obstante todo considero un fenómeno generalizado.

Polarización, deseo y bucle

La polarización creciente de la sociedad en una época de crisis ha contribuido a acentuar las dinámicas omfalocéntricas propias de las redes sociales. El debate, que en las redes sociales se había reducido hasta circunscribirse a grupos de fuerte afinidad y escaso contraste. Así modificaba su esencia para convertirse en un monologo con aplausos. La muerte del debate sobreviene cuando cada cual desea, sobre todo lo demás, sentirse ratificado en sus propias convicciones, las que le salvan de la crisis. Las salidas individuales de un crisis colectiva construyen territorios imaginarios donde, gracias a la práctica de las ideas personales expuestas, se encuentra algo más que una solución. Se encuentra la estabilidad atemporal.

La cartografía de los territorios imaginarios (que no construyen comunidades más allá de imágenes prototípicas de felicidad, con Benedict Anderson como desconocido referente de fondo) corresponde al anhelo profundo de certeza, de estabilidad, incluso de inmutabilidad. Muta todo en un monólogo agresivo, que rechaza el debate y se complace ante el aplauso. Es un monólogo descriptivo de un territorio estéril pero seguro, un territorio imaginario  de deseos no comerciables ni comercializables. Son territorios no compartibles, pero si superponibles a otros siempre y cuando los perímetros sean más o menos coincidentes y aun de forma provisoria.

Por otro lado son mapas desvinculados de cualquier territorio real. Están radicados en el deseo, en el anhelo, son virtuales. Son en definitiva territorio imaginarios, improductivos y solitarios, poblados solo y exclusivamente por cada uno de sus ideadores. Aunque teóricamente del mismo territorio existen N mapas superponibles, pero no del todo coincidentes, los deseados de cada territorio exigen ser su únicos pobladores legítimos. Todo esto sin efectos sumatorios, pues los deseos más recónditos son siempre personales e intransferibles.

Conclusiones mínimas 

En cierto modo las redes sociales, que se apoyan y apoyan la crisis social, han realizado una revolución entera. Partiendo de la soledad del individuo deseoso de socializar han acabado por aislar al individuo encerrado en sus deseos más básicos. El resultado es el florecer de repúblicas deseadas, más parecidas a una pesadilla pacificadora que a un sueño utópico.

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