El confinamiento debido a la epidemia/pandemia de coronavirus ha producido agitación y alarma en el sector editorial. El circulo de deuda sobre el que se asienta el sector hace necesaria la rotación de títulos y ventas. Y se ha confundido deliberadamente la venta con la lectura. Nada más lejos de la verdad: ambas cosas no se equivalen. Si se termina el confinamiento se espera que las ventas refloten el sector, no que se incremente la lectura. Habría que ser más honestos y no usar estas falacias. Es por eso que sacudo el polvo a esta vieja entrada sobre lectura y lectores y la necesidad e fomentar la segunda para tener lectores; lo que no quiere decir que no haya que cambiar el paso. La ley de Liegib aplicada a edición y la lectura.

Justus Von Liebig

Retrato en B/N de Justus on Liebig.
Justus von Liebig

El químico orgánico alemán Justus von Liebig, formuló su “ley del mínimo” o Ley de Liebig. Esta indicaba que una planta crecía y producía hasta el grado que le permitía el elemento presente en cantidad mínima. El científico observaba que las comunidades de organismos no se adaptan a las condiciones medias de sus hábitats, sino a las condiciones mínimas para el mantenimiento de la vida. El crecimiento está limitado no tanto por la abundancia de todos los factores necesarios, como por la disponibilidad mínima de cualquiera de ellos.

La Ley de Liebig y los lectores

Y se me antoja que el elemento mínimo indispensable para la edición son los lectores. Si realizamos un paralelo con el mundo del libro y sustituimos “condiciones mínimas” con “número de lectores” podríamos ver como la superproducción y la ilusión de explotar en profundidad el número de lectores constituyen una falacia enorme. Algo que representa el mayor riesgo de suicidio para las editoriales. Y por desgracia los gurús del sector ante esta última crisis están proponiendo de nuevo esta cura.

El número de lectores no aumenta, bien sea por factores coyunturales como la crisis, que lleva a un descenso de la compra de libros, ya sea por factores estructurales. Sin una política activa de fomento de la lectura, el número de lectores disminuye. Así lo testimonian indicadores empíricos personales (cuántas entre las personas conocemos leen asiduamente), como los indicadores de la escuela que muestran como la comprensión lectora es cada vez más débil. Nada que augure lectores empedernidos.

Conclusiones mínimas

Así pues, aplicando la Ley de Liebig, no podemos ir más allá por mucho que estrujemos al lector y superproduzcamos títulos. Ya hemos tocado el límite de la situación actual. No hay salida hacia adelante sin un repensamiento general.