La época sentimental

Desde hace algún tiempo medito sobre una cuestión, de antes de la pandemia, que me parece cada vez más evidente: vivimos en una época sentimental obscena, constituida por emociones primordiales, cuanto más violentas mejor. Es una cuestión que me parece vital porque resulta fundamental para comprender una época.

Antecedentes

La encrucijada de los años ’70 marcó, a mi juicio, el inicio de un pulso entre la aproximación prevalentemente intelectual y la comprensión del mundo con un acercamiento más emocional al mismo. Eran dos principios que progresivamente polarizaron la definición de la realidad. Mientras cada uno procedía por una via diversa, los dos compartían de forma paradójica un alejamiento de la realidad misma para caer en formas abstractas o inmediatas. La ingenierización y abstracción matemática del  mundo por un lado; la mística relacional y el rechazo de la ciencia en cualquier forma por el otro.

Ambas rivalizaban entre si en deformar y caricaturizar las propuestas de la otra parte. Así hasta crear un clima de dialogo imposible, un sistema di filias y fobias excluyentes. Mientras la primera visión destruye toda veleidad utopista en pro de una realidad realista, la segunda construye un sistema distópico conspiracionista. Y el oxímoron final llega cuando cada una de estas concepciones acaba por convertirse en el eje autodefinitorio. Habían nacido como contravisiones de ataque de las propuestas adversarias. Un vuelco completo. Claro, que es un vuelco que en su camino ha creado infinidad de hijos en cualquier sector ideológico, a derecha e izquierda.

Crisis

Mientras esta contraposición avanzaba el sistema democrático occidental entraba en una fase de declino, hoy aún más evidente. Las clases dirigentes de las democracias occidentales, incluyendo las fuerzas de oposición ya no eran representativas. Estas ya no reflejaban las  aspiraciones o creencias de franjas cada vez mayores de población. Esta distancia creciente ha culminado con la identificación de la representación democracia de tradición liberal con una casta. Si existe una definición de casta, existe una definición de su contrapuesto: el pueblo, el ciudadano medio, la gente común. 

Censura y autocensura

La representación democrática en un mundo complejo requiere lo mismo conocimientos generales que sectoriales, legales o burocráticos. Y se hace adherir a la forma visionaria, cierta o falsa, de la intelectualidad y la confianza en las aportaciones científicas, tecnológicas y abstractas. Su contrapartida se sitúa, la gente común, se sitúa por definición en el espectro opuesto. La emoción se presenta siempre en forma de automatismos y acciones directas, concretas frente a la abstracción intelectual. 

El sistema democratico incluye por su misma naturaleza a ambos grupos, que acceden en virtud de un mecanismo más o menos universal a las instancias de poder. Y el ingreso en la política institucional del choque casta vs gente común inaugura la reciente época sentimental. Para nada semejante a la que enunciaba Sterne.

Agudización

La crisis que ya estaba en acto entra en su fase aguda. Es esta fase la clase dirigente observa que el recurso a la intelectualidad es inefectivo ante una oposición sorda y visceral. Entra ella también en la época sentimental acogiendo los mismos instrumentos y métodos que la oposición. No quiere decir esto que renuncie la clase dirigente a una forma mentis, pero si que renuncia a actuar conforme a ella. Una clase que está dispuesta a renunciar a la forma para continuar el contenido, lo que para una parte de esa clase significa aceptar formas de poder directas que aseguren la continuidad del sistema o la derogación de los resultados liberales del iluminismo en favor de las formas románticas del poder. Ya sucedió en la primera parte del siglo pasado.

Los intelectuales que no han visto venir la crisis por ser parte en causa, tampoco han sabido proporcionar nuevos instrumentos y métodos. Quedan fuera de la partida, descargados como fardos por ambas facciones.

No hay en todo esto un ápice de novedad: hemos visto dinámicas similares en el siglo XVII y XVIII y XX. ¿Dónde está la novedad?

La retórica del sentimiento.

Creo que la novedad está en la retórica del sentimiento. Se trata de una retórica que apela a la emoción y a los sentimientos más directos y viscerales a través de la propaganda y es una retórica global extendida y practicada por doquier.

La hiper-inflación informativa, la misma que hace inefectiva la información misma pues su cantidad nos aturde y contemporáneamente subraya la inutilidad del esa información, pues no nos está concedido interactuar con ella y determinar su futuro. En la multiplicación del caudal y de las fuentes informativas la información deviene superflua y su acceso es frustrante. El antidoto de la frustración es la emoción.

Si la información en superflua el aumento de fuentes, favorecido por la revolución digital, choca con la necesidad de hallar consumidores de noticias. La atracción de estos lectores, gente común como se reconoce la mayoría, no puede ser sino a través de la emoción. La información cede el paso al suscitar emociones. Las posiciones ideológicas ceden el paso a las posiciones emocionales y la época sentimental se afianza en la doble sede de la la información y la vida política, entendida como vida pública de la ciudadanía, de la polis nacional o supranacional.

La retorica del sentimiento invade todas la áreas. Todo se nutre de una constante apelación a la emoción, en modo que los medios tradicionales de información y los nuevos medios digitales se hallan en competición para capturar la atención del ciudadano emocional. No se trata pues de informar. Se trata de polarizar a los consumidores de emociones alrededor de una u otra emoción, correspondientes, más o menos una facción en liza. Por desgracia las emociones son transversales y la lectura política de las emociones resulta confusa. Estas mismas circunstancias anulan el valor de la prensa y del periodista.

La edición

La edición no es ajena a esta retórica, que nutre en propio beneficio. Es fácil comprobar el aumento colecciones de auto-ayuda, gestión de las emociones o secciones afines que han experimentado una explosión.

La  literatura tampoco es ajena. La instintividad de algunos libros no se apoya en un humus intelectual, sino en una bajeza pruriginosa y vergonzante que hoy se entiende como emoción pura. Algo que no es más que una apelación directa al instinto o a una exacerbación de valores decimonónicos y paternales propios de ñoñerías. Basta hacer una prueba. Tomen en examen las contracubiertas y fajas promocionales de los últimos 40 años y comprobar el incremento de la presencia del verbo emocionar con sus variantes y sinónimos.

Conclusiones mínimas (y personalísimas)

La época sentimental se caracteriza por la polarización de sentimientos de pertenencia e identidad, visceralidad y ruindad moral. Todos bien aderezados con la presunción de haber encontrado la respuesta que con anterioridad no se supo dar o que los otros no supieron ver. 

No hay en la época sentimental la posibilidad de una síntesis sin pasar antes por una choque frontal y a eso vamos. La crisis de  un mundo ahondará y finalmente se hundirá en la sima de bilis del maximalismo hiper-gonádico y la cultura ha jugado su papel apeándose, compartiendo este sistema de política hormonal.

La época sentimental hallará su fin cuando sea evidente la esterilidad que representa, cuando el abismo se haya abierto. Solo espero que nuevas perspectivas y visiones, ¿híbridas?, se abran paso y sean efectivas antes de que el tiempo se nos termine.

 Ps: en este cuadro, que es un cuadro general, hay y ha habido influyentes posiciones contrarias que, por diferentes motivos,  se dan por supuestas.

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