La crisis de la literatura

A costa de ser pesado quisiera retomar el tema de la crisis del autor o de la irrelevancia del autor.

Existen numerosas formas en que esto se pone en evidencia: la reducción del autor a proveedor de clientes potenciales (especialmente en base a la cantidad de seguidores en las rrss), rostro más o menos popular, pertenencia a un campo preminente en la vida cotidiana (televisión, deporte, cronica). Pero estas formas no son el quid de la cuestión; como no lo son que  los escritores no tienen público, y por tanto ni consideración ni prestigio.

Il quid de la cuestión podría ser, es una especulación personal, la crisis de la literatura, que arrastra al autor.  En un entrada precedente escribía: “A la novela, como a la escritura y a cualquier otra forma creativa en general, no le queda más remedio que lanzarse a la vanguardia del cambio, apostando por lo que aún no se ha hecho o como no se ha hecho. Si la novela está en crisis, como temo lo ha estado casi siempre, lo debe también a su vínculo con la realidad que describe y que la acoge, naturalmente también con su propia evolución”.

La crisis del autor

Insistiendo sobre este punto es posible llegar a un punto en que la crisis del autor alcanza el rechazo de la época en que vive. No resulta paradójico si consideramos la realidad hoy como un sistema en el cual resulta difícil distinguir entre real e irrealidad.

Retrato de escorzo de Lionel Trilling. Rostro gordezuelo y bondadoso. Sostiene una cigarrillo medio consumir.
Lionel Trilling. Foto Sylvia Salmi

Si Lionel Trilling observaba que la tendencia era la de socializar lo antisocial, realizar una aculturación de lo anti-cultural y legitimar lo que quiere ser subversivo. Hoy hemos dado un paso más. En la visión de Trilling no solo se eliminaba el peligro social incluyéndolo. También se legitiman los aspectos demoledores de la sociedad occidental (no solo) en sus aspectos más sociales. Este método descrito de desactivación de las reivindicaciones y/o actitudes de diferentes movimientos sociales y políticos (de izquierda o no), se recicla en método de inclusión de visiones y reivindicaciones neoliberales.

Así pues tal evolución, que va más allá de la  visión inicial, provoca  un vuelco completo de la situación. Da igual espacio a la irrealidad que a la realidad. El autor que entonces opte por el rechazo podrá moverse en el marco seguro del costumbrismo, el anecdotismo o la novela histórica. Otros optarán por manifestar ese rechazo escindiendo obra y autor en una suerte de alienación. No son pocos en nuestros días los autores que optan por esta vía con temáticas diversas. Tampoco existe obligación de querer hacer literatura.

La crisis de la realidad

Ahora bien  la vinculación con una época, para un autor, nace de la capacidad de dar respuesta y deshacer la aporía de facto de Trilling. Creo que esta es la pregunta que hay que ponerse hoy en día ante la imposición de una irrealidad muy real. La misma que erosiona la capacidad de respuesta: podemos constatarlo en la vida cotidiana como en la política, donde il termino fake (anglicismo innecesario) se impone con regularidad. Algo que va más allá de la simple imaginación de una dicotomía utopía/distopía basándose en el análisis u observación de la realidad.

Quizá entonces el primer movimiento para eliminar la crisis del autor no sea la novelación de lo real, puesto que es difícil de aprehender, sino la novelación de lo irreal a partir de su interrogación. Dónde se anidan las disonancias entre real e irreal es ahí donde el autor debe indagar y sobre esas cuestiones debe escribir. Nada revela más esa tensión, a mi juicio, que dos estos puntos: la identidad y la imaginación.

La interrogación

La identidad interrogada sobre sus bases y su definición pone en jaque la irrealidad como sustrato de acción. Desde el inicio de la escritura hasta la ciencia-ficción la identidad individual y colectiva pone un dique a la irrealidad. No porque la irrealidad no tenga su propuesta sobre ella sino porque no contempla nudos gordianos que cortar. La irrealidad no permite replantear la identidad ni hacerla evolucionar. La literatura es evolución o se queda en simple escritura. La evolución es contraste y debate y disgusto, pero todo dentro de nuestros limites personales, los que sean. Esos que resultan torpedeados y cuestionados para obtener una respuesta que no puede dejarnos como estábamos antes de afrontar la cuestión. La irrealidad por angustiante y aterradora que sea no cuestiona nunca los pilares identitarios iniciales, equivaldría a cuestionar la irrealidad misma.

La imaginación no debe entenderse como la facultad de ejercer la fantasía sino como la capacidad de (re)generar (de) la realidad o irrealidad. Es decir, las posibilidad creativas de la novedad, la posibilidad de rellenar las lagunas que presentan las lecturas que se nos proponen.

Conclusiones mínimas

La crisis del autor es un fenómeno actual, con consecuencias varias, pero es posible superarla. A mi entender hay que usar una palanca conceptual para hacerla desaparecer usando dos temas: identidad e imaginación. Desde luego no son las únicas posibilidades, pero se me antojan las más válidas, al menos inicialmente. Reconozco que son igual de potentes cualesquiera capaces de evidenciar esas disonancias que citaba, colocarlas bajo la lupa y ahondar. Estoy convencido que estos son los temas de hoy. Cada cual hallará la propia forma, pero no creo que la forma ausente de tema sea la literatura.