La defensa de la lengua

En ocasiones precedentes he abordado temas relacionados con el hecho de ser escritor. Lo que hoy quisiera hacer es un breve examen del deber del escritor en relación a la/s lengua/s en que escribe; la defensa de la lengua.

En concreto la cuestión relevante que un escritor debe afrontar es la defensa de una lengua  distinta a a la de los periódicos, de los discursos oficiales o aquellos libros que se consideran aprobados o adecuados (diferentes grados y formas de ejercer una censura). 

La paradoja del no-vaciado

Es una cuestión más espinosa de lo que parece ser en una primera impresión, porque para disponerse a esta defensa primero es necesario para el escritor tener en cuanta el deslizamiento del lenguaje a partir de la era postfordista.

A partir de ese momento la economía ha realizado un ataque y apropiación del lenguaje, especialmente el lenguaje politico, pero no solo. El proceso resulta paradójico porque no nace de un vaciado de sentido del lenguaje, sino de un “florecimiento de sentidos”. Existe un apoderamiento colectivo y libre de cualquier imagen, símbolo o mito de pertenencia que más le guste. dicho de otro modo, falta una estructura, un orden simbólico que sea capaz de unificar y dar una estructura a los fragmentos de realidad. El resultado del no-vaciado es una vaciado de facto. Desde un punto de vista socia y económico esto representa que el trabajo es siempre más relacional y comunicativo, más mental y menos físico.

Por otro lado significa que cualquier lucha se traslada al ámbito de la comunicación y el lenguaje. La economía ha realizado una auténtica invasión de campo.

El reto de la defensa de la lengua

Retrato, presunto, en baleno y negro de un joven Thomas Pynchon.

El reto para un escritor está claro, al menos desde mi punto de vista. La defensa de la/s lengua/s pasa necesariamente por acuñar un léxico, un estilo, un universo simbólico coherente, estructurado y unificador de la realidad. Ciertamente esa realidad es dura y difícil, apenas se deja domesticar, permanece bien anclada en lo fragmentario como bien sabe la post-modernidad. Ese intento de recreación del caos al que la intrusión de la economía ha sumido el lenguaje, no puede llevarse a cabo sin que el escritor invente, la imaginación es imprescindible, aquellas partes que rellenan las lagunas existentes en su narración.

Conclusiones mínimas

Lo que de hecho estoy proponiendo es un método básico para identificar para autores que hayan aceptado el reto de crear cultura, en vez de afiliarse a un club en que se premia el producto sin fundamentos. Un método basado en la defensa de la lengua cifrada en lenguaje (léxico, sintaxis), un estilo y un universo simbólico profundo.